DESDE EL SUR DEL CESAR-37/2014: RECUERDOS DE UN GRAN AMIGO: DRAGONEL.
Siempre recordamos a los seres humanos, sea para bien o para mal, pero lo hacemos como una necesidad de revivir la historia, de decirles a las nuevas generaciones que nosotros los viejos también tuvimos “veinte años” como lo cantó y compuso nuestro inolvidable Maestro Morales, el Socorrano de noble corazón y bellos sentimientos, quien le cantó a Colombia entera y a ella entregó los gritos de su alma, de su corazón incansable de amar.
Hoy escogimos al azar, un nombre de un ser excepcional que nos acompañó en la década, mitad del 55 y de los 60´´, se trata de un hermoso perro de raza indefinible, enzainado de color, parecía un labrador, pero creemos que era un criollito o gozque como les dicen ahora, en todo caso fino o basto da lo mismo pues en realidad era su bondad y bravura lo que lo caracterizaba, su endeble lealtad y voluntad estaba repartida entre la casa de sus amos y el Hotel Alcázar, de propiedad de la familia de Don José Del Carmen Rodríguez Rueda, quienes le proporcionábamos los alimentos requeridos abundantes, pues su apetito era voraz, así pues, su vida transcurrió entre las tibias faldas y caricias de las hijas y de los hijos de Don Miguel Soto, comerciante radicado en Ocaña y quien residía frente al Templo de San Francisco, allá donde se reunió en el año de 1828 la Gran Convención de Ocaña, de grata o de ingrata recordación dependiendo desde el punto de vista en que se mire tan importante acontecimiento.
Durante mucho tiempo Dagronel fue la diversión preferida de los estudiantes de las Escuelas y del Colegio José Eusebio Caro, quienes a voz en cuello le gritaban, cuando estaba en el Hotel Alcázar, ¡Dagronel…Dagronel, Dagronel ¡¡ y el perro les respondía atacándolos fieramente, pero solo ruido sin hacerles daño, los estudiantes lograban encaramarse a las ventanas del colegio y desde allí esperaban a que el perro se cansara y los dejaba seguir su camino, esto sucedía todos los días fue cuando sus verdaderos dueños lo atrapaban y lo confinaban al patio de su casa amarrado con gruesos lazos de fique retorcido, evitando así sus constantes apareamientos con las chicas del barrio, no del “Barrio” que se piensa, no las del Tambo y el Tope, no, no allá en la salida a Cúcuta sino las chicas perrunas de su predilección las perritas perdidas del Barrio de San Francisco, en la zona Histórica de la ciudad de Ocaña.
Un buen día se le ocurrió al apreciado amigo Edgar Villafañe, joven estudiante del Colegio Caro imitar a los demás, y con el estribillo de siempre llamó al perro y este lo embistió con ferocidad aparente, lo persiguió con saña y lo hizo elevarse hasta la ventana más cercana con relativa facilidad, pero como no era muy diestro, el perro lo atrapó en sus fauces y le arranco un zapato cogiendo entre su boca con todo y pie, que susto tan grande se llevó nuestro amigo, pensó que le arrancaría su pie completo, pero después de un forcejeo el perro le soltó su miembro inferior y solo se escuchó con mucha claridad un ruido de ventosa:! plop…¡ el can estaba sin dientes, fue con la sola encía, los años le habían cobrado sus aventuras …






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