La situación económica en el municipio no ha sido fácil, y como buen pueblo luchador, la gente se ha echado al hombro su propio sustento. En cada esquina florecen ideas, carritos de comidas, mesas improvisadas y toda una red de emprendimientos que alimentan cuerpos y sueños. Desde buñuelos en la mañana hasta hamburguesas de medianoche, las calles se han convertido en un enorme corredor gastronómico. Pero detrás de ese antojo callejero, hay una realidad que preocupa: la falta de controles y manejo adecuado en la preparación de los alimentos.
En algunos puntos del municipio se ha evidenciado el uso excesivo y reiterado de aceites quemados, que no solo deterioran el sabor, sino que pueden poner en riesgo la salud del consumidor. Además, muchas veces es la misma persona que cocina la que cobra, sin usar guantes o sin cambiárselos entre tareas. Los billetes van de mano en mano y luego a los alimentos, llevando consigo bacterias y gérmenes que podrían generar intoxicaciones o enfermedades gastrointestinales.
A pesar de que en el municipio se han promovido talleres y formaciones gratuitas en manipulación de alimentos, pareciera que muchos emprendedores no están accediendo a estos espacios. Ya se han conocido casos de intoxicaciones donde no queda claro si fue por alimentos vencidos, mal cocidos o simplemente por higiene deficiente. Lo cierto es que el riesgo está latente, y ante eso, se hace urgente la intervención de las autoridades sanitarias.
No se trata de castigar al que busca el sustento diario, sino de garantizar que ese mismo sustento no se convierta en un problema de salud pública. Identificar quiénes cumplen con los protocolos y quiénes no, e incluso condicionar el funcionamiento de estos puntos a la realización obligatoria de cursos de manipulación, sería un paso firme. Porque emprender está bien, pero hacerlo con responsabilidad y limpieza, es lo mínimo que la ciudadanía merece.






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