En el municipio, la percepción de inseguridad es un sentimiento constante entre la ciudadanía, pero para las mujeres, esta realidad se vive con una intensidad distinta. Más allá de los robos o los hechos violentos que llenan los reportes oficiales, el acoso callejero se ha convertido en una sombra diaria que hace algo tan sencillo como salir a caminar, hacer ejercicio o ir a la tienda pueda convertirse en un momento incómodo o hasta de miedo.
Aquí es muy común que un carro baje la velocidad para ir al lado de una mujer, que el conductor le grite un “piropo” o algún comentario sin pensar si eso asusta o incomoda. A veces son miradas fijas, otros intentos de acercarse demasiado. Y aunque algunos digan que lo hacen “de buena manera”, para quien lo recibe no es nada agradable y puede generar temor.
Por eso no es raro que decidan salir siempre acompañadas, cambiar rutas habituales o evitar ciertas horas del día para ejercitarse o caminar. Incluso, quienes realizan actividad física suelen ser blanco de mayores comentarios y miradas, no por sus capacidades o disciplina, sino por prejuicios sobre su forma de vestir, sin entender que se trata de ropa diseñada para la comodidad y el rendimiento, no para llamar la atención.
El acoso callejero es violencia, aunque no siempre se denuncie. Les quita a las mujeres la libertad de caminar tranquilas y las obliga a vivir con cuidado constante, también perpetúa una cultura que minimiza o ignora su impacto. En Aguachica, combatir esta problemática implica algo más que cifras y operativos: requiere educación, empatía y un cambio profundo en las actitudes sociales para que la calle deje de ser un espacio de riesgo y sea un lugar de convivencia y respeto.




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