miércoles, abril 17, 2024
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Breve recuento musico-cultural del territorio –

Por: Diógenes Armando Pino Ávila

    Los jóvenes de mediados los 50s, no tenían una clara afición por la música, cantaban rancheras traídas por el cine mejicano que se expandía como medio de diversión por los pueblos de La Costa Caribe Colombiana, películas que eran proyectadas por los gitanos en sus carpas y luego en los incipientes teatros que comenzaron a parecer como negocios en los pueblos.

    Años después los buques a vapor que surcaban El río Grande de la Magdalena con sus enormes hélices de gruesos tablones de madera, transportando carga y pasajeros de la Costa hacia el interior del país y viceversa popularizaron en los puertos las rancheras de moda de la época. Con la apertura de carreteras y ferrocarriles se amplió el universo de estas localidades encerradas por el tiempo, esa apertura trajo consigo algunos adelantos tecnológicos de la época, llegaron las ortofónicas (vitrolas) difundiendo en las cantinas, además de las rancheras, el bolero y el tango, luego después, llegaron unas cornetas enormes llamadas picó. A finales de los 50s a mi pueblo llegó un momposino tuerto de nombre Julio Cordobés que fue contratado como maestro de música, reclutó a varios jóvenes y les enseñó a tocar, trompetas, bombardinos, clarinetes, bombos y, fundando la banda musical 14 de septiembre, a la que andando el tiempo la gente en mamadera de gallo le llamaba en voz baja “La peor es ná”, con ellos se masificó el gusto por el porros y el fandango.

     Difundida la ranchera, el bolero, el tango, el porro y el fandango, subsistía en los abuelos el recuerdo lejano de la Tambora como música ancestral, la que se resistía a ser borrada de la memoria colectiva de nuestro pueblo y era practicada en el mes de diciembre desde la Natividad hasta los Santos Reyes y en las vísperas y festejos de los Santos Patronos de algunas familias. Luego vino la andanada de la música del Magdalena Grande que permeó el gusto musical de las personas de los pueblos de la costa, todo comienza con la música de Buitrago y le sigue años más tardes Bovea; en Tamalameque fue fácil la irrupción se esos sones, que no vallenato, puesto que ya existía un trío de guitarras, formado por Manolo Pantoja el que, siendo empleado de los ferrocarriles en su construcción, había aprendido a puntear el requinto, enseñado por un español del que solo recuerdo su nombre: Paco. Manolo enseñó a sus dos hermanos, Agustín que acompañaba y Efraín que punteaba magistralmente, conformando El trío de Guitarras Los Hermanos Pantoja, hay que anotar el padre de estos hermanos era un ebanista y lutier de nombre Eudoro Pantoja, lo que facilitaba la obtención y reparación de sus guitarras. Este trío interpretaba rancheras, tangos, boleros y la música de Buitrago y Bovea.

     A mediados de los años 60s y 70s, los jóvenes cantábamos baladas, nos encantaba, Palito Ortega, Sandro, Leo Dan, Yaco Monti, Pimpinela, Elio Roca,  Piero, Oscar Golden, Lida Zamora, Harold, Eliana, Ana y Jaime, Fausto, Vicky y otros que no recuerdo en el momento, éramos una juventud despreocupada, producto defectuoso de un sistema escolar que no propiciaba el conocimiento y el orgullo de los propio, una educación como la de ahora, que menosprecia la cultura vernácula y potencia e impulsa la cultura foránea.

    A mediado de los 70s y 80s y muy adentro de los 90s, en casi todos los pueblos del Cesar, se realizaba un festivalito de música vallenata y los cultores y gestores culturales se les inflamaba el ego mostrando su esfuerzo y su gestión cultural a través de dichos eventos, no tenían la mínima idea que en cada uno de esos pueblos había una cultura nativa a punto de extinción, asfixiada por la cultura dominante venida, auspiciada y promovida desde la capital del Cesar, e implantada mediante la repetición de relatos como mitos fundacionales, convertidos en armas de dominio para invisibilizar la cultura vernácula.

    Finalizando los años 70s, Tamalameque toma el liderazgo de defensa de la cultura local, comienza un proceso de investigación de la cultura del territorio lo que desemboca en el Festival de la Tambora y La Guacherna, donde se difunde, conserva y preserva la música y baile del río, constituyéndose en un fenómeno cultural que sacude las consciencias del poblador local y atrae las miradas de sociólogos, musicólogos, músicos, investigadores, periodistas culturales, etc. Seguido entusiastamente por la mayoría de los pueblos que conforman la Depresión Momposina, convirtiéndose en un movimiento cultural fuerte de resistencia, de identidad y sentido de pertenencia de nuestro territorio.

     Falta mucho por hacer y se debe hacer desde la institucionalidad, alcaldías, concejos, escuelas, colegios, casas de la cultura, para sentar un precedente, y que, por fin, de una vez por todas, en el departamento se entienda que en los pueblos del Cesar hay una cultura propia: La de los pueblos del río y la ciénaga, la de los pueblos indígenas, la de los municipios de origen santandereanos, y, por supuesto, la cultura guajiro-vallenata del norte del departamento y que la diversidad cultural propia de los pueblos del Cesar, hace de nuestro departamento un ente territorial pluricultural y multiétnico, el cual debe alinear su Plan de Desarrollo con el de la nación, y los municipios con este y el nacional, para que se sincronice la inversión en sintonía con lo plateado por el presidente Petro en el Foro de ANATO del 28 de Febrero 2024 donde tocó el tema de la multiculturalidad como factor de desarrollo para promover el turismo.

    Algunos municipios han abrazado su propia cultura (Tamalameque, Gamarra, El Paso, Chimichagua, La Jagua), otros siguen desconcertados, sin iniciar la búsqueda de sus orígenes, para retomar sus propios caminos culturales. Sería bueno que se emprendiera el camino para transitar empoderados, portando con orgullo la identidad y sentido de pertenencia al territorio, que, de seguro, no reñiría con el hecho de ser cesarense.


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