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Las máscaras del desprecio – El Nuevo Sur

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Por: Diógenes Armando Pino Ávila

«Hay hombres que cambian de camisa para una fiesta. Otros cambian de acento, de gustos y hasta de memoria para sentirse aceptados.»

Frantz Fanon escribió en Piel negra, máscaras blancas que una de las victorias más profundas de la dominación ocurre cuando el dominado termina mirando el mundo con los ojos de quien lo desprecia. Su reflexión surgió en el contexto del colonialismo y el racismo, pero su intuición va mucho más allá del color de la piel. Fanon comprendió que el poder no solo ocupa territorios; también ocupa imaginarios.

En Colombia, y particularmente en el Caribe, conocemos una versión menos evidente de ese fenómeno. No se trata de hombres que quieran ser blancos. Se trata de hombres que quieren dejar de parecer costeños o peor aún quieren dejar de ser colombianos y se auto perciben como gringos.

Son personas nacidas entre los mismos ríos, las mismas calles, las mismas cocinas y los mismos sonidos que el resto de nosotros, comiendo mote de queso, pescado de río, yuca, ñame, malanga, suero y queso, pero que han construido su identidad a partir del rechazo de aquello que les dio origen. Desprecian la forma de hablar de su pueblo, consideran vulgar su música, miran con desdén las expresiones populares y convierten la distancia frente a la cultura local en una especie de certificado de superioridad, lo que a la postre no es más que un complejo de inferioridad disfrazado.

Nada hay de malo en apreciar otras tradiciones, escuchar otras músicas o disfrutar otras cocinas. El problema comienza cuando el gusto deja de ser una elección y se convierte en una declaración de desprecio. Cuando alguien necesita ridiculizar lo propio para sentirse más refinado. Cuando la admiración por lo externo exige la negación de lo cercano.

Lo más inquietante es que esta actitud suele despertar admiración precisamente entre aquellos que resultan despreciados. Muchos terminan siguiendo a quienes les enseñan a avergonzarse de sí mismos. Aplauden a quienes presentan como atraso las costumbres populares. Celebran a quienes se burlan del acento que ellos mismos hablan todos los días. Se identifican con figuras que han hecho carrera marcando distancia frente a la cultura de la que proceden.

El desprecio suele disfrazarse de liderazgo. Fanon observó que el colonizado podía llegar a adoptar los valores del colonizador porque estos aparecían asociados al prestigio, al éxito y al reconocimiento social. Algo semejante ocurre cuando una sociedad establece una jerarquía cultural donde lo valioso siempre parece venir de otra parte y donde lo local debe justificarse constantemente para ser considerado digno.

Entonces aparecen las máscaras. La máscara del acento neutral para ocultar el origen. La máscara del gusto importado para diferenciarse del vecino. La máscara del cosmopolitismo superficial que confunde universalidad con desprecio por lo propio. La máscara de quien pretende mostrarse moderno renegando de la cultura que lo formó.

Sin embargo, esas máscaras encierran una contradicción. Quien reniega de su origen rara vez logra escapar completamente de él. Los mismos círculos que admira suelen recordarle, tarde o temprano, de dónde viene. Y mientras busca reconocimiento en otros lugares, termina perdiendo el vínculo con el suyo.

Aquí es bueno aclarar que lo verdaderamente moderno no consiste en avergonzarse de la propia cultura. Consiste en dialogar con el mundo sin necesidad de negar la casa de donde se viene. Ningún pueblo se fortalece enseñando a sus hijos que su música es inferior, que su cocina es un defecto o que su manera de hablar es una vergüenza.

La cultura popular del Caribe colombiano, mejor, la de Colombia no necesita permiso para existir. No necesita traducción para ser legítima. No necesita disfrazarse para tener valor.

Quizá la lección más vigente de Fanon sea que la libertad comienza cuando dejamos de medirnos con la vara de quienes nos enseñaron a despreciarnos. Porque los pueblos no se empobrecen cuando son diferentes. Se empobrecen cuando aprenden a sentir vergüenza de lo que son.

Y pocas derrotas son más profundas que esa.

DEL TRIUNFO ELECTORAL AL DESAFIO DE GOBERNAR

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Por: Diógenes Armando Pino Sanjur.

El pueblo colombiano eligió, en una de las elecciones más reñidas de su historia, al abogado Abelardo de la Espriella como Presidente de la República. La diferencia frente a su contendor, el senador Iván Cepeda, fue cercana al 1 % de los votos, incluso menor a la registrada en la histórica elección de 1970 entre Misael Pastrana Borrero y el general Gustavo Rojas Pinilla.

Más allá del resultado, la jornada electoral dejó una lección para la democracia colombiana. Los pronósticos que advertían una crisis institucional, una supuesta perpetuación en el poder o escenarios de violencia generalizada no se materializaron. Por el contrario, las elecciones transcurrieron con tranquilidad, los resultados fueron aceptados sin alteraciones significativas del orden público y se reafirmó la fortaleza de las instituciones democráticas. Sin embargo, también quedó en evidencia la profunda polarización política que atraviesa el país.

Precisamente por ello, el presidente electo tiene la responsabilidad histórica de liderar un proceso de reconciliación nacional. La estrechez de los resultados demuestra que Colombia está dividida y que la construcción de consensos será indispensable para garantizar la gobernabilidad. Gobernar implica representar tanto a quienes respaldaron su proyecto político como a quienes optaron por una alternativa diferente.

Felicitamos al doctor Abelardo de la Espriella por la confianza depositada por millones de colombianos para dirigir los destinos de la Nación durante los próximos cuatro años. Terminó el tiempo de la campaña y comienza el de los resultados. Nuestro deseo es que Dios lo ilumine y le conceda la sabiduría necesaria para convertir en realidad las propuestas presentadas durante su aspiración presidencial y materializar el denominado “Milagro de los Nunca”.

Los desafíos son enormes. Colombia requiere acciones efectivas para enfrentar la violencia criminal, la corrupción, el narcotráfico y las economías ilegales. Igualmente, resulta indispensable preservar el respeto por la Constitución, la separación de poderes, la independencia judicial y los principios del Estado Social de Derecho, pilares fundamentales de cualquier democracia.

La búsqueda de la paz tampoco puede desaparecer de la agenda nacional. Si bien es necesario fortalecer la Fuerza Pública y combatir con firmeza la extorsión y el crimen organizado, también se deben promover soluciones que permitan reducir la violencia y recuperar la seguridad en los territorios.

En materia social, urge recuperar la confianza en el sistema de salud y garantizar una atención eficiente, humana y digna. Asimismo, deben fortalecerse los programas sociales y las estrategias destinadas a combatir la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades. La presencia del Estado debe sentirse en cada rincón del país mediante inversión social, infraestructura y desarrollo.

La educación debe seguir siendo una prioridad. Garantizar el acceso a la educación superior, mejorar la infraestructura educativa, incorporar nuevas tecnologías y fortalecer bibliotecas y laboratorios constituye una apuesta estratégica para el futuro. Del mismo modo, el campo colombiano, las mujeres, la cultura y el deporte requieren respaldo permanente para impulsar un crecimiento más equitativo.

Las expectativas son altas. Los colombianos esperan resultados concretos y transformaciones que respondan a las necesidades reales de la población. Si las promesas se convierten en hechos, Colombia podrá avanzar hacia una etapa de mayor prosperidad, seguridad y estabilidad. De lo contrario, continuará enfrentando los mismos problemas estructurales que han limitado su desarrollo.

La campaña terminó. Ahora comienza el verdadero desafío: gobernar para todos los colombianos.

Cuando la cultura se sube a la tarima política

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Por: Diógenes Armando Pino Ávila

En los pueblos del Caribe hay una frase que se repite casi que con la  frecuencia en que suena un vallenato en una emisora de Valledupar: «No mezcle la cultura con la política». Lo que llama a la curiosidad es que esa recomendación generalmente suele venir de quienes llevan décadas mezclando la política con la cultura, pero en una sola dirección: usando la cultura para conseguir votos, fotografías de campaña y aplausos de festival.

La verdad, sea dicha: la cultura y la política están tan entreveradas como la mamadera de gallo y el chisme en una parranda de pueblo. Separarlas sería tan absurdo como pedirle a un tamborero que toque  La Traviata de Giuseppe Verdi, o a un político andino en campaña en la costa sin abrazar pelaos, bailar cumbia y no usar sombrero vueltiao.

La antropología nos dice que la cultura es el sistema de símbolos, creencias, costumbres y valores compartidos por una comunidad. La sociología la llama el «pegamento social». La historia la entiende como la acumulación de las experiencias materiales y espirituales de los pueblos. La ciencia política habla de cultura política, es decir, de las creencias y actitudes que tenemos frente al poder. Dicho en cristiano y sin adornos: la cultura es la manera como vivimos, pensamos, sentimos, bailamos, rezamos, amamos, discutimos y hasta mamamos gallo.

Por eso resulta imposible hablar de cultura sin hablar de poder. Durante siglos, la política en América Latina jugó al peligroso deporte de clasificar culturas entre «superiores» e «inferiores». Así apareció la llamada cultura «culta», generalmente asociada a las élites urbanas, europeizadas y de piel más clara, mientras el folclor, la oralidad campesina, las tradiciones indígenas y las expresiones afrodescendientes eran miradas con una mezcla de condescendencia y exotismo.

Era como si para algunos ilustrados la ópera representara el pináculo de la civilización, mientras la tambora, el bullerengue o el chandé fueran apenas ruido producido por gente alegre pero supuestamente atrasada. El racismo y el elitismo encontraron en la política un magnífico aliado. No pocas veces, los presupuestos culturales se concentraron en aquello que permitía exhibir refinamiento ante las visitas oficiales, mientras las manifestaciones populares sobrevivían gracias a la terquedad de sus cultores.

Y así prosperó el famoso «blanqueamiento cultural»: la tendencia a valorar más aquello que se parece a Europa y menos aquello que huele a río, a monte o a fogón de leña. De repente, muchos querían tocar violín, pero escondían el tambor; aprendían francés, pero olvidaban la lengua ancestral; lucían orgullosos el apellido español, pero silenciaban el indígena o el afro.

Más recientemente, algunos sectores han reaccionado reivindicando las identidades indígenas y afrodescendientes. En ocasiones, este proceso ha sido saludable y necesario, porque devuelve dignidad histórica a pueblos largamente excluidos. Sin embargo, tampoco puede convertirse en una nueva competencia de boxeo, de agravios ni en una sustitución de un hegemonismo por otro. La cultura no debe ser un ring identitario donde ganan unos y desaparecen otros. Colombia es mestiza, diversa y plural; negar cualquiera de sus raíces equivale a amputarle una parte del alma nacional.

La era digital ha complicado todavía más el asunto. Hoy la cultura ya no habita únicamente en plazas, teatros o casas de la cultura. También vive en memes, hashtags, videos virales y grupos de WhatsApp donde abundan los expertos en geopolítica internacional que hace una semana estaban explicando cómo curar el mal de ojo con hojas de guanábana y emplastos de matamba.

Las redes sociales democratizaron la producción cultural: ahora cualquiera puede ser creador y consumidor al mismo tiempo. Magnífico. Pero también multiplicaron las burbujas ideológicas, la polarización y la desinformación. Nunca había sido tan fácil construir comunidad y, paradójicamente, nunca había sido tan sencillo encerrarse en una tribu digital donde todos piensan igual y el que discrepa es declarado enemigo de la patria, del pueblo o de la civilización occidental, según el algoritmo del día.

Desde la bioética, la cultura posee una dimensión aún más profunda: nos enseña a reconocernos en «el otro» y en «lo otro»; a comprender que no estamos solos en el mundo y que nuestra existencia está ligada a la de los demás seres humanos y a la naturaleza. Una sociedad culturalmente sana no excluye, no discrimina y no convierte la diferencia en motivo de persecución.

Entonces, ¿cuál debe ser el papel correcto de la política frente a la cultura? No dirigirla ni domesticarla. La política no debe decirle a los pueblos qué cantar, qué bailar o qué recordar. Tampoco debe convertir a los artistas en empleados electorales ni a los festivales en extensiones de las campañas políticas. Su función es garantizar derechos culturales, proteger el patrimonio material e inmaterial, promover la diversidad, financiar procesos comunitarios con transparencia y asegurar que todas las voces tengan posibilidades reales de expresarse.

Y aquí aparece el papel fundamental del cultor, del sabedor, del hacedor y del trabajador de la cultura. Su responsabilidad no consiste únicamente en animar festivales o subir a la tarima cuando llega el alcalde con el gobernador de turno. Su misión es mucho más trascendental: custodiar la memoria, cuestionar las injusticias, fortalecer la identidad colectiva y servir de conciencia crítica de la sociedad.

Por eso, cuando alguien afirma que «la cultura no debe mezclarse con la política», conviene preguntarle: ¿con cuál política? Porque si la frase significa que el artista no debe convertirse en propagandista de ningún gobierno, tiene sentido. Pero si lo que se pretende es que los cultores permanezcan callados frente al racismo, la exclusión, el abandono institucional o el saqueo presupuestal, entonces esa consigna no es neutral: es una eficaz herramienta de manipulación.

En otras palabras, pedirle a la cultura que no se ocupe de la política puede ser, muchas veces, la forma más elegante de exigirle silencio. Y los pueblos que olvidan cantar sus dolores terminan bailando al son que les toquen otros.

MEXICO GANA EL OTRO MUNDIAL

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Por: Diógenes Armando Pino Sanjur

El mundo vive por estos días una auténtica catarsis colectiva con la celebración de la Copa Mundial de Fútbol 2026. Millones de aficionados se sumergen en un fenómeno de liberación emocional y desahogo social, donde el deporte se convierte en una poderosa válvula de escape que une a las personas y les permite apaciguar tensiones cotidianas, frustraciones, problemas y diferencias. En la inmensa mayoría de los países se percibe una especie de tregua social. Sin embargo, en Colombia la polarización política continúa carcomiendo el tejido social, incluso en medio de la mayor fiesta deportiva del planeta.

Más allá de la pasión que despierta el fútbol, un Mundial actúa como un poderoso motor para la economía de los países organizadores, aunque la inversión que deben realizar en la modernización de estadios, redes de transporte, aeropuertos, capacidad hotelera y espacios turísticos es cuantiosa, así mismo, los flujos masivos de visitantes impulsan fuertemente sectores como el transporte, la gastronomía, el comercio, la hotelería y entrenamiento, dinamizando la economía y generando empleo.

La Copa del Mundo 2026 en esta ocasión tiene una característica inédita, es organizada conjuntamente por Estados Unidos, Canadá y México. Desde antes del inicio del torneo, las expectativas económicas apuntaban a que Estados Unidos sería el gran ganador. Como primera potencia mundial y principal sede de la competición, se suponía que concentraría la mayor parte del gasto de los aficionados, quienes, atraídos por su infraestructura, oferta de entretenimiento y capacidad logística, elegirían el país del tío Sam como destino principal para disfrutar del evento.

No obstante, mientras las selecciones disputan en los estadios la supremacía futbolística, las ciudades anfitrionas libran una batalla paralela; la de atraer turistas, llenar hoteles, dinamizar restaurantes y captar ingresos para sus economías locales. Y aunque Estados Unidos alberga la mayoría de los encuentros, incluida la gran final, la realidad económica parece estar desarrollándose de manera diferente a lo previsto.

Los aficionados provenientes de distintos rincones del mundo han convertido a México en su destino preferido para vivir la experiencia mundialista. Mientras las grandes e icónicas ciudades gringas registran niveles de ocupación y consumo inferiores a las expectativas iniciales, las sedes mexicanas experimentan una auténtica primavera económica. Los aeropuertos operan con un intenso flujo de pasajeros, los hoteles alcanzan elevados niveles de ocupación y los sectores turístico, gastronómico y comercial reportan una actividad sin precedentes.

En lo que va corrido del mundial se ha evidenciado que los aficionados han convertido a las ciudades de los Estados Unidos simplemente como punto de tránsito para ver un partido, mientras que las ciudades mexicanas como su lugar predilecto de estancia durante el mundial.

Mientras evidenciamos desde ya, como algunos sectores empresariales estadounidenses reclaman paquetes de ayuda de emergencia y desgravaciones fiscales, en México se celebra una bonanza que confirma el atractivo de una nación que ha sabido capitalizar su hospitalidad, riqueza cultural, cercanía humana, una política emigratoria menos lesiva y precios considerablemente más accesibles para el visitante promedio, castigando por completo la arrogancia gringa.

Sin duda alguna, independientemente de quién levante el trofeo en la final del campeonato, existe una realidad difícil de ignorar; en el terreno económico y turístico, México ha logrado posicionarse como el gran vencedor de este Mundial. Antes incluso de que se conozca la selección campeona, el país azteca ya puede exhibir una victoria significativa en la disputa por la preferencia de millones de aficionados alrededor del mundo sobre en otrora la gran Potencia Mundial los Estados Unidos.

Se posesionaron nuevos directivos de la UPC Seccional Aguachica

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La Universidad Popular del Cesar (UPC) realizó la posesión oficial de dos nuevos directivos que asumirán importantes funciones en las áreas académica y administrativa de la institución, en el marco de su estrategia de fortalecimiento institucional.

Uno de los nombramientos corresponde a Miguel Antonio Piñerez Flórez, quien asumió el cargo de vicerrector de la Seccional Aguachica. El nuevo directivo es contador público, especialista en Planeación Tributaria y magíster en Ciencias Contables. Además, cuenta con una amplia trayectoria en el ámbito educativo, desempeñándose como docente universitario, instructor del SENA y ocupando diferentes responsabilidades en la dirección académica de la Universidad Popular del Cesar.

De igual manera, la docente Josefina Cuello, quien se desempeñaba como directora del Programa de Sociología, fue designada como decana encargada de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales. Desde esta nueva responsabilidad liderará las acciones orientadas al fortalecimiento de los procesos académicos y administrativos de la facultad.

Con estas designaciones, la Universidad Popular del Cesar continúa consolidando su equipo directivo con profesionales de amplia experiencia, con el propósito de impulsar el desarrollo institucional y la calidad de la educación superior.

Valledupar tuvo su Benito Barros

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En el Caribe colombiano hay humanos, muy humanos que, semejantes a Homero, no escriben la historia con documentos, estos prefieren escribirlas con canciones. En el antiguo Magdalena Grande, dos hombres salidos del seno del pueblo y la ruralidad del momento, compositores para mayor definición, lograron lo que pocos historiadores han conseguido: convertir un territorio en memoria. El Banco tuvo a Benito Barros. Valledupar tuvo a Rafael Escalona.

Mi pretensión no es igualarlos en estilo ni en repertorio. Cada uno vivió y compuso sus cantos dentro de un universo musical distinto. Sin embargo, ambos desempeñaron con mucha lucides e identidad, una misión semejante: darle voz a su tierra haciendo de ella un patrimonio cultural que emocionó y aún, hoy emociona a varias generaciones.

Benito Barros nació en El Banco Magdalena, dentro de La Depresión Momposina, donde el río Magdalena marca el pulso de la vida. Como habitante de este territorio desde niño entendió que el río no era solo un accidente geográfico, sino un modo de existir, la vida misma. De ahí, que cuando compuso la inmortal cumbia titulada La Piragua, no solo escribió un canto, sino que levantó un monumento sonoro al mundo mágico del Caribe fluvial que, unía pueblos, familias, oficios y culturas.

En esa barcaza de Guillermo Cubillos no solo navegan pasajeros. También viajan los bogas, los pescadores, los comerciantes, las tamboras, las comparzas, las fiestas patronales y la memoria de un país que durante siglos tuvo en el Magdalena su principal camino.

Escalona hizo algo parecido, aunque desde otro paisaje entre las estribaciones de la Nevada en Valledupar y la indómita Guajira. Su escenario no fue el río Grande de la Magdalena, ni la cienaga de La Zapatosa, fue el río Cesar, los caminos de herradura, las sabanas, los caseríos y los pueblos de la antigua provincia de Padilla. Allí encontró una riqueza humana que transformó en canciones. Jaime Molina, Compae Migue, Sara, los habitantes de Badillo y tantos otros personajes dejaron de pertenecer únicamente a Valledupar para convertirse en patrimonio del Caribe colombiano.

La diferencia es geográfica, no espiritual. Benito cantó al territorio que se movía sobre el agua. Escalona cantó al territorio que se encontraba en los caminos. Uno inmortalizó el río. El otro inmortalizó a sus gentes. Ambos, en su momento, comprendieron que la identidad de un territorio, no se construye solo con monumentos ni con discursos oficiales. Sino que, se construye contando historias. Y pocas, muy pocas formas de contar resultan tan poderosas como una canción que sobrevive al paso del tiempo y que generación tras generación la escuchan y la cantan. Por eso sus obras siguen vigentes. No porque pertenezcan al pasado, sino porque siguen explicándonos quiénes somos.

Mientras los archivos, los libros notariales y de historia conservan fechas y decretos, las canciones conservan la emoción y vivencias de una época. Nos permiten escuchar cómo hablaban nuestros mayores, cómo celebraban, cómo viajaban, cómo se enamoraban y hasta cómo resolvían sus diferencias. Son documentos donde la memoria se transmite con melodía y es más fácil aprenderla.

No es casual que Gabriel García Márquez considerara a Rafael Escalona un extraordinario narrador del Caribe. Tampoco sería exagerado afirmar que Benito Barros, sin padrinos de alto vuelo, hizo con el río Magdalena lo que los grandes cronistas hacen con las civilizaciones: impedir que el olvido las devore.

Sin embargo, hay una diferencia que merece destacarse. Escalona alcanzó un reconocimiento nacional e internacional extraordinario. Su obra fue impulsada por la expansión del vallenato y llegó a públicos de todo el continente. Benito Barros, lo hizo solo con sus cantos (Violencia, La Piragua, El Pescador, Navidad negra), no siempre ha recibido el mismo lugar en el imaginario colectivo. Esa desproporción no disminuye su grandeza; más bien nos recuerda cuánto falta por valorar la cultura de la ribera del Magdalena.

Quizá ha llegado el momento de reconocer que el antiguo Magdalena Grande produjo dos gigantes de la memoria musical. Uno hizo del río una epopeya cantada. El otro convirtió a la provincia vallenata en una novela hecha canción. Cuando escuchamos La Piragua, el Magdalena vuelve a navegar. Cuando escuchamos La Casa en el Aire, Jaime Molina o El Testamento, vuelve a caminar la provincia. Y entonces comprendemos que los pueblos no solo se recuerdan por los libros de historia. También se recuerdan por las canciones que aprendieron a cantar.

Por eso, sin restarle un ápice de grandeza a Rafael Escalona, bien puede decirse que Valledupar tuvo su Benito Barros. Y el viejo Magdalena Grande tuvo la fortuna de contar con dos cronistas que, desde el agua y desde los caminos, nos enseñaron que la mejor manera de conservar un territorio es convertirlo en música.