miércoles, julio 17, 2024
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¿Quién manda más? –

Por: Diógenes Armando Pino Ávila

Mis tías abuelas eran de un acendrado sentido liberal, además portadoras de una oralidad heredada de sus mayores.  Esa oralidad que escuchaba de mi familia, nutria mi espíritu de niño y me incentivaba a averiguar sobre el pasado, lo que me anclaba al pie de mis tías y mi madre para escuchar la interpretación doméstica de la historia nacional y local, siempre condimentada con anécdotas de personajes de un Tamalameque antiguo que ellas amaban entrañablemente y que me enseñaron a amarlo de la misma manera.

En una de esas conversaciones domésticas, contaban de “La guerra de los mil días” y cómo se había vivido en nuestro pueblo, remontaron la charla al punto de contarme sobre la “Hegemonía conservadora” para luego decirme que el de la fotografía de la sala era Enrique Olaya Herrera, el que en 1.930 fue presidente de Colombia en reemplazo de Miguel Abadía Méndez, según ellas «“un godazo” malo que permitió la muerte de cientos de trabajadores del banano en la estación del ferrocarril en Ciénaga Magdalena».

Al momento de contextualizar, la historia de la Hegemonía conservadora en Tamalameque, mencionaron a Don Marcelino Vides de quien sostenían que había sido el último alcalde de ese periodo conservador. Lo recordaban por muchas cosas, las que a través del tiempo he olvidado algunos detalles, pero aún recuerdo que celebraban su autoridad en los asuntos domésticos y algunas de sus obras de gobierno, muy elementales, pero al mismo tiempo muy prácticas.

Como Tamalameque en esa época era un pueblo poblado por campesinos y pescadores y que estaba rodeado de humedales en la parte aledaña al río Grande de la Magdalena y en el parte nororiental rodeado de extensas y dilatadas sabanas comunales donde apastaban el ganado de los pequeños ganaderos de la localidad. El ganado, los burros y los caballos, por las noches entraban al poblado y se aposentaban en sus calles y alares, dejando a los vecinos el maloliente orín y sus desechos fecales, los que las amas de casa tenían que limpiar en las mañanas con aguas de lejías, hojas de albahaca o la borra del café.

La queja de esta situación se generalizo y llegó a oídos del alcalde Don Marcelino Vides, el que dispuso en el acto el cercado del pueblo con alambres de púas, dejando una entrada para que los campesinos entraran al pueblo con sus productos, dicha entrada tenía un “broche” o quita y pon” como lo llaman en algunos lugares (una sección de la cerca de púas, que el transeúnte quitaba y ponía enganchando el palo ultimo a dos argollas largas de alambre. En el camino de herradura que comunicaba a Tamalameque con los corregimientos mando a construir un “quiebrapatas” con ello evitaba que el ganado entrara por ese lado. Estas dos obras fueron tomadas como punto de referencia y orientación, pues los parroquianos hablaban del “broche” o el “quiebrapatas” como una dirección local para guiar a las personas sobre la dirección que debían seguir.

En ese entonces no había acueducto y el agua para consumo humano era sacada de un poso artesiano llamado “El pozo del Machín” construido (más bien) mandado a construir por los españoles, en esos años, —narraban mis tías abuelas— las mujeres iban a sacar el agua con unos cubos atados a cordeles los que escanciaban en unos recipientes de barro cocido de figura cilíndrica y agraciado cuello largo y boca angosta llamadas “múcuras”, una imitación doméstica al ánfora griega, pero sin asas. Las señoras al escanciar el agua en sus múcuras encharcaban el entorno alrededor del brocal del pozo, esta situación del encharcamiento también fue motivo de quejas y reclamos, para lo cual Don Marcelino Vides sacón un Decreto, el que fue leído en las esquinas del pueblo, con redobles de tambor y voz marcial, donde prohibía hacer encharcamientos so pena de multa o detención del infractor.

La mamá del alcalde no acató la prohibición y cuando las demás señoras le hicieron ver que eso estaba prohíbido, ella contestó: «Prohibido para ustedes, no para mí que soy la mamá del alcalde». La queja sobre la actitud de la señora llegó al despacho del alcalde (su hijo), el cual le envió con el “oficial mayor” (funcionario de alto rango que sabía leer y escribir y que sacaba de aprietos a los alcaldes iletrados de ese entonces) una citación para que en el término de la distancia compareciera ante el alcalde. Contaban las tías abuelas que la señora recibió la citación leída por el Oficial mayor, e inmediatamente acudió al despacho del alcalde, donde con cariño y respeto Don Marcelino le explicó que había infringido un Decreto y que por tanto debía estar una hora ahí en la alcaldía como sanción para no imponerle multa alguna.

La señora sin decir una palabra en todo el tiempo estuvo sentada con la vista fija hacia el frente, hasta que don Marcelino le dijo «mami, ya se cumplió la hora, se puede ir», la señora salió para su casa sumida en un mutismo que auguraba problemas familiares para el alcalde. A la hora del almuerzo, don Marcelino llegó a casa de su madre con el fin de explicarle que su obligación era hacer cumplir la ley. La señora no lo dejo pronunciar palabra alguna y con voz autoritaria le dijo «Marcelino, usted en su alcaldía es la Ley y el que manda, pero en esta casa la Ley y la que manda soy yo» y tomando una gruesa correa que colgaba de su hombro, le ordenó «Marcelino, arrodíllese que le voy a dar una muenda por irrespetuoso», El alcalde obediente se hincó y recibió estoicamente la tunda que su madre le dio como correctivo por su, según ella, irrespetuosa actitud.

El pueblo de Tamalameque en ese entonces dividió su opinión entre los que sostenían que la autoridad de madre estaba por encima del Decreto del alcalde y los que sostenían lo contrario.


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