LAS GALAPAGAS DE LA VIOLENCIA

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Por: Diógenes Armando Pino Ávila

    En esos días, en que se estremeció de horror el país, en que el odio y la barbarie se enseñoreaban en campos y ciudades; aquí en Tamalameque, ocurrieron hechos, no de las dimensiones de la tragedia nacional, pero si hechos que rompieron la quietud y la paz familiar del pueblo. Sucesos que rompieron la convivencia pacífica de Godos y Cachiporros locales.

   La radio informaba de las matanzas y monstruosos crímenes que se cometían por los dos bandos en pugna a todo lo largo y ancho del país. Aquí se hacían corrillos, donde cada bando interpretaba a su manera los sucesos; sin interferir tal cosa, en las relaciones entre personas. Todo andaba bien. Hasta que llego el prepotente Berbicí, –ante cuyo nombre todavía se estremecen los liberales viejos– éste era un policía de la época y por tanto representante del partido de gobierno: El conservador. Desde su llegada comenzó a hostigar a los pacíficos liberales, insultándolos y amedrentándoles a todo momento, sin que los cachiporros asumieran una actitud agresiva –entendían que los conservadores no tenían culpa de ello– Pero algún día la copa se rebosaría y ese día, en efecto, se derramó:

Venía el cachaco Saúl Navarro por la calle «El Palotal», con su acostumbrado tabaco «Culotapao», encendido en la boca, y en sentido contrario iba Berbicí. Al momento de cruzarse muy liberalmente Saúl expelió una enorme bocanada de humo que cubrió su rostro y el del temido policía. Berbicí retira el rostro y prende por el cuello al irreverente liberal y con la palma de la mano le restriega el tabaco apagándoselo en la cara.

    Tal suceso conmovió la población, comentándose y censurándose por liberales y conservadores. Alguien –liberal naturalmente– llevó la noticia a Pailitas y los liberales de allí comenzaron a organizarse para venir a cobrar la afrenta. Se corrió la noticia y los prohombres liberales se reunieron y discutieron el caso, llegando al acuerdo de avisarle a los conservadores y esconderlos y protegerlos hasta tanto el peligro pasara.

     Optaron por esconderlos en los playones de Solera al otro lado del río Magdalena. En efecto, Salvador Vanegas siendo muchacho aún, muy diligentemente les trasladó en una canoa, hacia la otra orilla donde permanecieron escondidos por una semana.

     Los liberales de Pailitas vinieron varias veces, recorrieron el pueblo dando vivas al partido liberal y abajo a los conservadores, preguntando amenazadoramente por ellos, pero los lidere liberales, de aquí, les explicaron que no había problemas que en Tamalameque liberales conservadores eran una sola familia y que habían huido desde hacía varios días.  Los Pailiteros se fueron y no volvieron más.

    Mandaron un mensajero a los playones de Solera con la razón de que el peligro había pasado y que regresaran. A la llegada de ellos al pueblo, fueron recibidos con grandes muestras de cariño y aprecio. Todos le preguntaban por su salud y les explicaban los pormenores de la estadía de los pailiteros, ellos a su vez explicaban sus desdichas en los playones y el castigo de los mosquitos.

    Iban en montón compacto por la calle central, camino a sus casas, al pasar por frente al granero de Wastín Chajín, un turco liberal que se volvió Tamalamequero de viejo, con un gran sentido del humor, muy afectuoso les saludó diciendo:

–«Hombe, hombeee! ¿Como les fuee?»

     Los conservadores en coro, respondieron cortésmente que bien, que gracias por todo. Y Wasto haciendo alarde de su sentido del humor para despedirlos les dice:

    –«y no me trajeron una galapaguita –refiriéndose a las del playón– compas, una gaaaalaaapaaaguitaaa».

    Los conservadores, maltrechos por las inclemencias del medio y con la sensibilidad a flor de piel, entienden la tomadura de pelo del turco, y la clara alusión al playón.

     Con rabia mal contenida Eudoro Pantoja responde: «¿Galapaguita?… ¡esperen los vueltos!»

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