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Suicidio: problema o solución!

“Dios, aun cuando quisiera no podría darse muerte y ejercitar ese privilegio que concedió al hombre en medio de tantos sufrimientos de la vida”

La filosofía de la vida enfrenta su mayor enigma en el acto de suicidio, cuando un ser humano en uso de su libre albedrio toma esa determinación fatal para apagar el incendio interior de su incontrolado espíritu. Durante siglos el derecho canónico y la misma religión cristiana expiaban la afrenta con la sepultura por fuera de los ritos católicos, hasta que en 1983 eliminó tal costumbre.

Según las estadísticas, en Colombia es la cuarta forma de violencia que afecta a cuatro hombres por mujer, indiferentes del estrato social, condición económica y del impacto moral, emocional y sicológico en el círculo del causante.

Quizá una causa concluyente sea la amorosa y el día de mayor frecuencia el domingo según las estadísticas, pero realmente ante tal hecho siempre hay más preguntas que respuestas, así como incidencia por edades, salud mental, situación económica personal, responsabilidades y otras connotaciones enmarcadas por la sicología o siquiatría para tratar de explicar el fenómeno.

Socialmente procede como una acción contraria al dogma religioso que Dios es el dador de vida y el único que podría quitarla, por lo que el suicida enfrentará un grave problema, no con los  parientes que deja vivos sino con su espiritualidad después de la muerte física.

La tradición jurídica de la no punición del suicidio o intento proviene de la Revolución Francesa, pero el Código penal sí castiga al vivo que lo induce o que lo patrocina a sabiendas de las funestas consecuencias. Derivaciones de éstas son la eutanasia o el homicidio asistido, que trascienden la esencia pura del suicidio como acto netamente voluntario y en pleno ejercicio de la libertad, lo cual para los juristas es  la dicotomía de si se le interpreta como un derecho de la persona o la vulneración de tal, puesto que si se considera que la vida es un bien jurídico, y si es deseada libremente, entonces existiría el deber de vivir aun contra la voluntad personal de no hacerlo.

 

La cultura oriental lo considera un acto de honor, de reivindicación social que lava culpas y errores en vida cometidos y libera a familiares de todo pecado adquirido por los vínculos de sangre, a tal punto que le eleva fácilmente al rango de valiente decisión donde no cabe la cobardía, o, la inmolación del terrorista islámico que pretende hacer el mayor daño posible a su alrededor  y encontrarse después de muerto con una recompensa que supera cualquier expectativa en el más allá.

 

Una vez consumado el hecho ya no hay nada que hacer más que interpretar si la situación deja un problema o establece una solución. Queda a familiares y sociedad el problema a resolver cuando la determinación fue por su causa,  pero también sería una solución muy pragmática si se le interpreta como culturalmente lo hacían las mujeres hindúes en la práctica del Jauhar, inmolándose para escapar del invasor o las viudas practicando el suttee, que era lanzarse a la pila funeraria de su marido.

Sin pretender inducir, pero así como solución y bajo esquemas de otras culturas, lo podría ejercer la cúpula fariana en su totalidad, sin dañar más a nadie, valientemente, expiando sus culpas para regalarle a Colombia la anhelada paz.

 

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