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EL GABO SOLIDARIO QUE CONOCI

 

Alonso Ojeda Awad

Alonso Ojeda Awad

Algo muy importante ha muerto en nosotros al enterarnos de la  dolorosa desaparición de nuestro Premio Nobel Gabriel García Márquez, GABO como le gustaba que le dijeran sus amigos, ocurrida el jueves santo, en México, país que también lo consideró como su hijo. Y no es para menos. Nunca antes, ningún colombiano brilló tan alto e intensamente como él y me asalta la duda, si en los próximos 100 años despuntará en forma tan magistral, otro coterráneo que nos vuelva a henchir nuestro pecho de orgullo y nos haga sentir plenos, como él supo hacerlo, en  esa forma auténtica y natural con la que se  granjeó el cariño y la admiración de Colombia y de los pueblos del mundo. Yo tenía mis razones para admirarlo.
Nunca imaginé que cuando fui escogido para decir las palabras  y exaltar la eximia figura sacerdotal del padre Angarita quien bautizó a Gabo en Aracataca, Magdalena, era el preludio de un encuentro años más tarde con el Nobel, gracias a su generosidad y solidaridad.
El padre Angarita era un convencido sacerdote liberal, nacido en Ocaña, fue párroco en Aracataca,  y de regreso a Ocaña, ya en sus años de retiro, un selecto grupo de liberales encabezados por mi padre y el emblemático dirigente liberal,  combatiente de la Guerra de los  Mil días al lado de Rafael Uribe Uribe, Alejandro Prince, le ofrecieron un acto de especial reconocimiento  y admiración a su vida, en el  hotel Timaná de Ocaña, en noviembre de 1962. Por esas circunstancias de la vida, siendo muy joven, fui designado para llevar la palabra y exaltar las cualidades  humanas de este admirado sacerdote y él,  en sus palabras de agradecimiento dio constancia de su presencia en los dolorosos hechos ocurridos en Ciénaga, Magdalena, conocidos como “La masacre de las bananeras”, que más tarde se convirtieron en  los ejes centrales de la obra máxima de Gabo, “Cien Años de Soledad”.
En el año 1972,  fuimos detenidos, en la amplia geografía nacional, un nutrido grupo de hombres y mujeres colombianos, donde  se encontraban destacados miembros  de la cultura nacional,  directores de  cine y teatro, profesores universitarios, profesionales,  sacerdotes, monjas,  campesinos  y obreros de  la más amplia representación social. Nuestro pecado era haber atendido el llamado que hizo el sacerdote Camilo Torres Restrepo, nuestro capellán universitario, al incorporarse a las  filas del Ejército de Liberación Nacional. Él había proclamado que el deber de todo cristiano era ser revolucionario, y el deber de todo revolucionario, era hacer la Revolución. En esa decisión había encontrado la muerte en Patio Cemento,  San Vicente de  Chucurí, Santander, el 15 de febrero de 1966.
Las condiciones de vida y seguridad se fueron tornando muy peligrosas para los detenidos. Las torturas se convirtieron en métodos despiadados de interrogatorio por parte de la justicia penal  militar, que en esos tiempos de “estado de sitio”, se encargaba del juzgamiento de personas civiles acusadas de rebelión y otros  delitos contra la seguridad del Estado. Los grupos de abogados defensores de los presos políticos recurrían a sus mejores argumentos jurídicos para demostrar la pulcritud ética de los detenidos, liderados por la emblemática  figura del profesor y maestro de la Universidad Nacional y especialista en estos procesos políticos, Eduardo Umaña Luna.
En el entretanto, Gabriel García Márquez continuaba su brillante carrera de escritor,  deslumbrando al país y al mundo con nuevas y sorprendentes novelas que le hacían merecedor de justo reconocimiento. Y es precisamente en el año de 1972, cuando se estaba realizando el “Consejo de guerra del siglo”  al  ELN, en la guarnición militar de El Socorro, Santander y en la Escuela de Artillería de Bogotá, Venezuela le concede el Premio Literario “Rómulo Gallegos” a su obra máxima “Cien Años de Soledad”.  En este momento, al recibir el Premio se acuerda de las dificultades y penurias de los presos políticos en las cárceles colombianas y en un gesto que lo retrata  en  toda su dimensión  humana  decide entregar el monto total del dinero concedido para que se organice e impulse la creación del Comité de Solidaridad con los Presos Políticos de Colombia y convoca a esta generosa tarea a unos de sus amigos más entrañables, los periodistas Enrique Santos Calderón y Daniel  Samper Pizano. En las cárceles y guarniciones militares donde nos encontrábamos recluidos los luchadores políticos de la época, brilló muy alta una luz de esperanza y confianza en un destino mejor para la nación, en los años venideros.
El respaldo moral que entregaba Gabo a los prisioneros políticos  que habíamos seguido en pos de las huellas insurreccionales y renovadoras de Camilo Torres Restrepo germinó muy pronto. El Estado de sitio fue suprimido en la nación y los presos políticos fuimos trasladados por orden de la Honorable Corte Suprema a la Justicia Civil,  que consideró el  tiempo de detención, más largo de lo previsto y ordenó la cesación del Consejo verbal de Guerra y la  libertad  de los detenidos.
Los Presos políticos de esas aciagas épocas no olvidamos el  gesto generoso y solidario de quien más tarde fue reconocido como el Premio Nobel de Literatura del año 1982.
Solo una vez lo pude ver al final de un acto académico que él presidía. Con el respeto de usanza me acerqué hasta él, acompañado de un amigo común que me presentó y pude darle las gracias personalmente en nombre de la(o) s compañera(o) s que ganamos la libertad por el  gesto generoso, solidario y valiente  de su  visionaria decisión.
Hoy, al despedirlo para siempre no he podido evitar una lagrima que rodó por mi mejilla, impulsada por el recuerdo agradecido de los presos políticos  ausentes, ubicados en el más allá, en el mundo de lo intangible y  atemporal, donde esperan al inolvidable Nobel GABO.

 

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