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“Es cultural” Por: Carolina Sanín

Un cantante está dando un concierto muy animado. Al escenario sube un niño. El cantante le entrega el micrófono. El niño canta un verso y baila. El cantante anuncia que el niño se merece un regalo doble de navidad. Se saca del bolsillo delantero del pantalón un grueso fajo de billetes y le entrega varios billetes al niño. El niño los recibe. El cantante vuelve a guardarse el resto de los billetes. Besa al niño en la frente y enseguida le toca por sorpresa los genitales. El niño sale del escenario. El cantante se sonríe con sus músicos. La función continúa. El cantante no es Michael Jackson.

No hago hasta aquí ninguna interpretación de los hechos y, para que se entienda la secuencia que transmito, no he tenido que decir ni saber de dónde es el cantante, ni qué música toca, ni cuáles son las costumbres de su familia. Ha habido lo que ha habido: un adulto, un dinero, un niño y una tocada de genitales. El hecho de que el video aparezca en Youtube —el hecho mismo de que exista Youtube— presupone que entre el video y cualquiera que lo mire hay una cultura común, un lenguaje común y, por tanto, que el espectador tiene la posibilidad de juzgar lo que ve.

Unos días después, hay un programa radial que aborda el asunto. Todo se hace más local y específico. El programa es colombiano. El entrevistado habla con acento caribeño. Suena simpático. Se ha anunciado su nombre: es el famosísimo Silvestre Dangond, que canta vallenatos y presenta un programa de televisión. Es un hombre apasionadamente admirado en su tierra, una de las regiones donde más se genera violencia en Colombia y donde más orgullosamente campea el machismo.

El cantante dice que quiere ofrecer disculpas por el tocamiento. Pero no pide perdón, sino que se excusa. Dice que hizo algo normal en su tierra: “Esto viene de cultura: esta mamadera de gallo de uno, de diversión, de jocosidad. Esto no es de ahora. Para nosotros es una manera común”. Como parte de su disculpa, cuenta que el niño es su vecino, que es “de bajos recursos” y que varias veces le ha pedido dinero. Luego admite: “Claro que sí, da para una mala interpretación, para muchas de las personas que de pronto no tienen ese criterio, que no tienen esa cultura”.

Me llama la atención esto de “la cultura” como justificación para que al débil no lo defienda nadie; este recurso de “lo cultural”, que parece ser especialmente útil a la hora de excusar conductas abusivas contra las mujeres o la infancia. Así, resulta que hay que aguantarse, por ejemplo, el condescendiente machismo de los paisas porque es pintoresco, y el machismo cínico de los costeños porque es sabroseado. ¿Dé qué responsabilidades podré escaquearme yo —que, aunque hija de paisa y costeña, soy de la capital— aduciendo  un “es cultural”?  ¿De ninguna? ¿Significa eso que no tengo cultura? Como en una especie de revancha de la periferia, la palabra cultura puede usarse cuando sería más propio decir ignorancia.

En el video de Youtube, después de que el niño ha salido del escenario, Silvestre se contonea durante unos segundos, vuelve al micrófono y dice: “Siempre lo he dicho, y lo sostengo de aquí a Pequín: No hay mujer difícil sino hombre bruto”. De modo que el vallenato sí tiene alcances globales. Deberá saber, entonces, que entre su escenario y Pequín hay muchos lugares —su propio país, por ejemplo— donde existen códigos penales que tipifican su conducta. Deberá saber que también la ley es cultural. Y que en muy pocos lugares por fuera de su región sucede que un hombre que le toca los testículos a un niño es visto como un macho capaz de seducir a cualquier mujer —pero esto ya ni siquiera es cultural sino que es silvestre—.

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