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El Niño Dios no se le arrugó al agua

Por Pedro Plata Acevedo

Manatí.

Son como una decena de luces las que de lejos se ven titilar. Parecen luciérnagas o foquitos navideños, pero no, son fogones de piedras que con sus lenguas de fuego tiñen pequeñas ollas y calientan lo que servirá de alimento a más de tres mil personas, algunos hacinados en salones o en los cambuches forrados con plástico negro.

En La Normal Superior de Manatí, que sirve de refugio temporal para los damnificados, son las ocho de la noche del 24 de diciembre.

Está oscuro, los mosquitos atacan en manada y el carro tanque que les lleva agua cada dos días, pero que sólo les alcanza para uno, llegó el 23. Por las condiciones en que conviven, no pareciera que en ese lugar se pudiera, así sea por un momento, ser plenamente feliz.

Uno, dos, tres… 20 niños con una sonrisa resplandeciente, corren llevando en sus manos el regalo anticipado de Papá Noel: balones, muñecas y carritos.

Están dichosos porque ni el Niño Dios ni Papá Noel se confundieron de dirección, como temían algunos. Eso sí, ahí los gratos personajes dejaron su carga de alegría antes de que la primera estrella apareciera.

A mí me regalaron dos muñecas, un jueguito de doctora, unos chocoritos, cuenta Yarleidis Cantillo, de seis años.

Ella no lo sabe, pero más que su alegría, que es el objetivo principal, el regalo que recibió representa la unidad, la solidaridad y el desprendimiento de los atlanticenses, esos que desde la mañana montaron en sus carros, no para comprar a última hora los regalos de sus hijos sino para llevarle amor a los niños damnificados.

Un claro ejemplo es Valeria Encinales, hija de la Secretaria de Educación del Departamento, que en lugar de disfrutar de sus vacaciones escolares, se dedicó a recolectar entre sus amigos y familiares los juguetes para los damnificados.

Agridulce. Sentimientos encontrados, así, con esas dos palabras, se describe la atmósfera que se vivió durante la noche de Navidad.

Comida hubo de sobra, muchos aseguraban que más de la que estaban acostumbrados a tener en sus mesas, pero más de uno deseó haberla consumido en sus viviendas hoy inundadas.

Arcelia Fontalvo de Ocampo se apoya a la pared, a sus 86 años aún le quedan fuerzas para luchar por su familia, pero de vez en cuando debe tomar un descanso. Allá en el barrio Los Patos, de Manatí, vivía con dos hijas y cuatro nietos, acá, en la Normal, debe compartir con 27 personas una habitación que durante el año lectivo es el salón de profesores.

Acá uno duerme en colchonetas, en cada una se acomodan hasta tres, es incómodo, pero qué se le va a hacer, toca acostumbrarse, porque esto va para largo, añade.

En una de las colchonetas duerme Yanceli, la nieta menor de Arcelia.

A esa hora, todavía la niña no sabe cuál será su Niño Dios, pero aún en medio de la tragedia, su familia prefirió entregárselo en la mañana del 25, para no romper la tradición.
La mujer la mira con ternura. ¿Sabe algo? En medio de tanto dolor por lo menos los pelaítos la pasaron alegres hoy. Daba gusto verles la cara.

Sin amanecida. Mientras que los afortunados que no sufrieron los embates del agua tomaban licor y se movían al ritmo de potentes picós, en Villa Orilla y demás albergues los damnificados prefirieron acostarse temprano porque no tenían motivos para celebrar.

En un cambuche que se recorre completamente al dar 20 pasos, la familia Ávila Cabrera, conformada por 18 niños y 6 adultos, se aprestan a descansar, Jean, de 10 años, toma en sus brazos uno de los carritos que le regalaron y sueña con hacer competencias con su vecino Carlos, pero sabe que por ahora, los piques tendrán que esperar, ya que su ‘llave’ está viviendo donde un familiar en Barranquilla. Sería chévere poder mostrarle los regalitos a mis amigos, pero como la casa está ‘ahogada’ no se puede. Ojalá se seque pronto y podamos volver, dormir en una colchoneta sobre el piso lo deja a uno con la espalda adolorida.

A cinco minutos del colegio-albergue, en plena plaza de manatí, una niña deja de jugar con sus hermanos y amigos para acercarse a los periodistas, dice que se llama Naileth Paola, que tiene 10 años y que quiere explicarnos qué es la Navidad: es una fecha para compartir en familia, para demostrar todo el amor que se tiene en el corazón, para ayudar a los demás. No es solo para recibir juguetes. En mi caso yo la disfruto con mi papá, mi mamá y mis tres hermanitos. El lugar es lo de menos, lo importante es estar juntos, explica.

Naileth sonríe y regresa al cambuche en el que permanece desde cuando el dique se rompió. Lo importante es estar unidos, insiste.

Por elheraldo.com.co

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