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“Pablito” se equivocó de ruta

JUSTICIAArnulfo Sánchez González, “el señor del desierto”, “Pablito” o “la Dian” era el patrón del narcotráfico en la Guajira y alfil de los paramilitares. ¿Cómo fue su captura?

El “Señor del desierto” intentó burlar a los dos policías que lo abordaron. Estaba tranquilo y sonriente, recuerda un oficial, y les presentó una cédula falsa a nombre de Martín Augusto López Moreno. Pensó que todo era culpa de estar mal parqueado, a altura de la Calle 101 con Carrera 19, en el norte de Bogotá. Fue el pasado 15 de noviembre, a eso de las 7:00 p.m. La noticia de su captura apenas fue reseñada por los medios de comunicación, como si se tratara de un mafioso más, uno de tantos. No es así.

Hasta entonces, Arnulfo Sánchez González, también conocido con los alias de “Pablito”, “el Viejo” y “la Dian”, era el patrón de las enormes planicies de la Alta Guajira y de sus costas, una inmensidad desértica de 15.000 kilómetros cuadrados por donde los carteles de la droga sacan el 30 por ciento de la cocaína y la heroína que se produce en el país, una fortuna cuyos números sobrepasan los 600 millones de dólares al mes, buena parte del motor que mueve nuestro inacabado conflicto armado.

“Estoy esperando a una amiga”, les dijo el capo a los agentes sin dejar de sonreír. Los policías mandaron una señal por radio confirmando que se trataba de uno de los peces más gordos del narcotráfico y pronto el lugar estuvo copado de agentes de las fuerzas especiales. “Pablito” empalideció y, seguro de que la huella del índice derecho en la cédula que había entregado no iba a coincidir con la suya, comenzó a morderse el dedo. “Va a tener que morderse toda la mano, don Arnulfo”, le dijeron los uniformados y lo demás ya fueron abrazos de felicitación entre ellos. Casi diez años debieron pasar, desde los primeros reportes de sus andanzas con Jorge 40, hasta ese día de la captura.

El “Señor del desierto” nació en Nunchia, un pueblito del Casanare, y terminó en la alta Guajira como alfil de los paramilitares, a nombre de quienes nunca quiso desmovilizarse y en cambio decidió continuar con el control de las más de treinta rutas de trochas, dunas y costas de la península para alquilarlas al mejor postor, a organizaciones criminales de Medellín, de Cali, de Bogotá, de Barranquilla, a las Farc, a las bacrim, a quien pudiera pagarle. Por cada kilo de droga sacado por sus dominios, los narcos debían cancelarle 500.000 pesos, lo que le aseguraba ingresos de más de cuatro millones de dólares al mes solo por ese impuesto que él y su organización llamaban Iva. No había rebajas para nadie y el dinero debía cancelarse cumplidamente, incluso si los alijos eran descubiertos en alta mar o en los puertos de entrada.

Las autoridades tienen reporte de muertes en varias ciudades del Eje Cafetero y la costa Caribe de mafiosos que le incumplieron al “señor del desierto” con el pago de su Iva. Según el comandante de la Policía Antinarcóticos, general César Augusto Pinzón, el récord de crímenes cometidos por la organización de “Pablito” suma 200 en los últimos tres años. En la alta Guajira se dice que nada se movía, ni siquiera un carro tanque con agua, una recua de Chivos, sin el permiso del “señor del desierto”.

Las mismas autoridades que le dieron captura admiten que gracias a su inmenso poder económico pagaba fortunas a miembros del ejército y la policía en la línea de frontera entre Colombia y Venezuela, por donde siempre se movió auxiliado también por miembros de la comunidad wayuu, con quienes, no obstante su origen llanero, mantenía un vínculo de sangre por estar casado con una mujer de esa etnia, nada menos que una hermana del mítico José María Barros, alias “Chemabala”, líder Wayuu extraditado a los Estados Unidos por narcotráfico.

Fue justamente a nombre de ese capo que ingresó a Bahía Portete, el 18 de abril de 2004, y ordenó cometer una masacre tristemente célebre en esa zona de La Guajira, la que dejó a 12 personas muertas, 8 mujeres y 4 niños, y 30 más desaparecidas. Conscientes de su prontuario criminal y su poder casi ilimitado, las autoridades le habían puesto precio a su cabeza, 3.000 millones de pesos. ¿Qué hacía en Bogotá, tan lejos de sus dominios?

Todo parece indicar que, advertido de la cacería que se desarrollaba en su contra y de que en Venezuela, en donde siempre buscó refugio, las cosas ya parecen a otro precio tras la reanudación de relaciones con el gobierno Colombiano, el “señor del desierto” pensó que el mejor lugar para camuflarse sería Bogotá, a donde llegó hace tres meses. Se equivocó de ruta.

Ya desde finales de octubre uno de sus teléfonos estaba chuzado y los investigadores solo tuvieron que esperar. El día de su captura, Arnulfo Sánchez González tenía cuatro celulares, se había dejado crecer el pelo, iba en una camioneta de gama alta y no tenía armas, ni siquiera joyas. ¿Quién manda ahora sobre su ejército de cien hombres armados con fusiles, pistolas, lanzagranadas, radios de comunicación, caletas de dinero? Un nuevo nombre suena como reemplazo: alias “Cobra”. La historia entonces será la misma: a rey muerto, capo puesto.

Por: semana.com

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